Glorfinloco

Elfo Barbaro/Guerrero elemental

Description:

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Bio:
Origen del concepto de Glorfinloco, extaído del comic Loserz, por Erik Schoenek

Glorfinloco es un aguerrido elfo montañero, duro y salvaje, de melena greñuda que se agita movida por la brisa montañesa. Se unió al grupo después de que este cruzase el pantano, para enfrentarse a los duergar que estaban acosando a sus amigos los enanos, desde entonces los acompaña por los planos en busca de Fama y gloria.

Olar Sendere’sanisane era un elfo de pura casta Sus padres, elfos solares de una alta casa habían ido a sigil de vacaciones como otras tantas en invierno, cuando el clima era más frío en su isla. Le gustaba la jaula, era grande, había cosas nuevas y bonitas que ver, y le dejaban suelto por la ciudad mientras sus padres iban a negociar con sus amigos infernales. Olar era un pequeñazo, un niño que tenía mucho por ver y hacer en la vida. En una de sus habituales correrías por el barrio inferior llegó hasta una pequeña posada de la que salía un griterío considerable. Aunque a los niños no se les permite el acceso, el curioso Corelita decidió entrar y meter las narices. Un elfo fanfarroneaba acerca de sus aventuras a los parroquianos, pero este elfo era muy distinto a sus padres. No llevaba finos ropajes de seda, ni sus gestos eran fríos y educados, la vida parecía correr por su piel, por sus movimientos y carcajadas. Aquel era Glorfinloco. Olar se acercó a escuchar la historia contada por el extraño elfo.

“Cómo lo oyes, Kamui y yo rodeamos al trol cada uno por un lado, sus pequeñas hachas gemelas solo lamieron torpemente su carne, pero cuando probó el filo de mi hacha, ¡JA! ¡Por mucho que se regenere, ese troll no volverá a andar estirado!”

Como para enfatizar sus palabras, le dio un buen trago a su jarra y se secó los morros con el brazo. Olar había visto muchas cosas extrañas en sigil, pero aquel ser se llevaba la palma. Curioso se sentó frente a Glorfinloco y se fijó bien en su rostro, para cerciorarse de que estaba delante de uno de sus hermanos. Cuando el Bárbaro reparo en la presencia del chico alzó una ceja.

“¿Que haces aquí, chaval? Una taberna no es sitio para un chiquillo como tú.”

Se lo tomó como un reto y frunció el ceño, aquel falso elfo pretendía decirle que hacer, a él hijo de elfos solares, los mayores de entre su pueblo.

“¡No recibiré tales críticas de alguien que deja en tan bajo lugar el nombre de nuestra estirpe!”

Sus ademanes, copiados de su padre eran demasiado estirados y cómicos para un niño de su edad, con lo que el auditorio prorrumpió en carcajadas, incluso el elfo que aparentaba no ser más un vulgar salvaje se rió francamente, y tal mofa le molestó aún más. Pero cuando dejó de reírse, Glorfinloco decidió que el chico le caía bien.

“Escucha, chico, no puedes ir por ahí pensando que todos los elfos compartimos la misma forma de ver el mundo, vale, puede que sea diferente, pero eso es porque en mi mundo hay elfos que viven en las montañas, en tribus cazando y luchando en armonía con la naturaleza dura y escarpada. ¿En tu mundo no los hay?”

Olar negó con la cabeza enérgicamente. “En mi mundo los elfos cantamos canciones y luchamos con arcos, no con hachas, esa es un arma sangrienta y torpe. Veneramos a Corelion.”

Glorfinloco sonrió alzando la copa. “Como no podía ser de otra forma, ¡Corelion, padre de los elfos de todos los mundos! Mi gente también canta a Corelion, pero nuestras canciones llenan los pulmones y el alma del espíritu de nuestro dios, también hacemos la guerra, pero en lugar de apuntar con cuidado a los puntos vitales, tratamos de devastarlos de un solo golpe, ese es el camino de mi gente.”

Olar frunció el ceño algo extrañado, pero no tenía más remedio que creerlo. “Te contaré una historia, chico… verás, hubo hace mucho tiempo un niño elfo, se parecía a ti…”

Había días en los que soñaba con tormentas en lo alto de escarpadas montañas, coronadas por dragones lanzadores de rayos, y ahí entre la bruma haciendo frente a la bestia estaba la prueba viviente de que la fuerza y el salvajismo podían superar a la propia naturaleza, alzando su espada el bárbaro se alza ante lo indómito, enfrentándose en un marco incomparable a su titánico adversario…

Pero el golpe de la espada sobre la hoja que sostenía lo solía sacar de su ensimismamiento. El sonido metálico lo catapultaba de nuevo a la realidad, y la mirada serena y reprochadora de su padre le esperaba detrás del arma.

“Glorfin, atiende, sé que no te gusta el combate marcial, que preferirías estar corriendo por las laderas persiguiendo a los perros, pero el estoque forma parte del modo de vida de nuestra gente”

Normalmente el adolescente elfo solía fruncir el ceño y asentir tenso a su padre. Su hermano reprimía una carcajada en estos casos, como para recordarle su lugar y lo torpe que era en las artes de la guerra comparado con él. Y así solían transcurrir los días en la familia. El maestro de armas trataba de enseñar a sus hijos los secretos del estoque, la espada y el arco y mientras uno aprendía todo con gran facilidad, el otro cuando podía se escaqueaba de sus clases. Aunque si bien Glor, no era muy dado a la disciplina sí que le gustaba salir a explorar los alrededores, perderse por las montañas, saltar zanjas y trepar laderas escarpadas, y por lo tanto, aunque solía perder en los combates de entrenamiento contra su hermano por lo malo de su técnica, físicamente lo superaba en todo. Parecía estar escrito que sería el segundo siempre y tampoco parecía ser un destino que lo disgustase del todo. Pero todo cambió el día que Rasgsk llegó a los terrenos de la tribu.

Era un semiorco de avanzada edad, rozando ya la cuarentena, su cuerpo ya no era lo que solía ser, pero se mantenía increíblemente fuerte y resistente. Nadie se le acercó cuando llegó, pues temían que fuese un bandido y le dejaron deambular evitándolo. Finalmente, Ragsk encontró unas ovejas que pertenecían a un pastor del pueblo y se quedó el rebaño para sí. Preocupados porque al tener comida, el mestizo se fuese a quedar en el lugar y siguiese rapiñando a la comunidad, la tribu decidió que honradamente y siguiendo un protocolo educado, un campeón retase al orco para que devolviese al rebaño y se marchase sin molestar. Sin duda el guerrero más hábil con el estoque fue el elegido, el padre de Glor, el cual fue sin dudarlo a la presencia de Ragsk para hacer lo que debía hacerse. Palabras hirientes fueron esgrimidas en poco tiempo y el combate pareció ser la única salida viable. Los miembros de la tribu rodearon a los luchadores, cruzando sus dedos por que ganase su campeón, y pronto los entendidos en las artes de la espada anunciaron que la victoria estaba ya clara.

“la técnica del mestizo es torpe, es viejo y nuestro campeón es más ágil que él, no llegará a acertarle con su hacha.”

Declaró uno de los guerreros. Sus palabras parecieron proféticas cuando con estocadas rápidas y leves, el campeón de la tribu hizo retroceder a Ragsk, hiriéndolo con pequeños cortes que bien podrían haber matado a un jabalí pequeño, Los elfos dieron el combate por vencido cuando el semiorco flaqueó y hundió la rodilla en el suelo.

“Retírate de nuestras tierras y no regreses, forastero”

Sentenció el padre de Glor. Ragsk rió para sí sosteniéndose en su vieja gran hacha, cuya superficie relucía bajo los rayos del sol y en sus relieves se veían dragones metálicos y rayos lanzados por dioses furiosos, el hacha tenía un nombre que esperaba ser llamado, ansiaba que las gestas relatadas en su superficie se volviesen a llevar a cabo, vencería, si su nombre era aclamado una vez más para hacer despertar el espíritu que estaba en ella aletargado. Al menos esa era la impresión que tenía Glor, quien quizás por simpatía, deseaba que el viejo orco ganase, aunque fuese para recobrar su dignidad. Para sorpresa de todos, el bárbaro se levantó hablando orgulloso a la audiencia.

“No me retiraré, soy Ragsk, que venció junto con el mago Herrod a la sierpe blanca del risco, que sin cesar de golpear con su hacha, cruzó el pantano de lo muertos y no fue herido ni una sola vez, que venció al campeón del rey del reino del este en duelo singular. Sí, el tiempo ha sido duro conmigo, pero mientras tenga a mi fiel compañera a mi lado, ¡nada podrá derribarme!”

Las palabras fueron mencionadas con tal certeza que aunque nadie las creyese posibles todos llegaron por un momento a respetar a quien las decía. El orco levantó su hacha preparado para el último asalto, aunque parecía que no podría aguantar mucho más y con un grito a pleno pulmón invocó el nombre de su amiga fiel e inseparable “¡¡Cortatruenos!!” El golpe pareció estar dirigido por la furia más primitiva y simple, pero fue lanzado con tal fuerza y tal precisión que cogió desprevenido al campeón de los elfos y lo derribó y casi si lo mata. Habiendo hecho honor a sus palabras, el mestizo cogió una sola de las ovejas como premio y se marchó para no regresar.

Días más tarde, los hermanos esperaban que la herida de su padre mejorase en el claro que solían usar para hacer sus ejercicios marciales, entrenaban para agradarlo y esperar que dolencias fuesen menores al estar de buen humor. Una vez más Glor se veía superado por su hermano mayor, incapaz de seguir su técnica, de prever todos sus golpes y de defenderse de ellos. Estaba de nuevo de rodillas, su hermano esperaba que se levantase y volviese a atacar solo para demostrarle lo mal que lo hacía… una vez más… Decidió que ya estaba harto, que si su padre había sido derrotado por la simple fuerza de la pasión, del deseo de vencer, quizás él también podía ganar su hermano de la misma manera. Se levantó alzando su vara de entrenar sobre la cabeza y cargó hacia su hermano gritando dispuesto a golpearlo en la testa con todas sus fuerzas.

“¡Que haces! ¿Glorfin? ¡maldita sea!, ¿estás loco? ¡Eso no es nada que nos haya enseñado nuestro padr…

“¡Sin esperar el golpe, mi hermano se llevó un buen maderazo en su terca cabezota!”

El auditorio prorrumpió en carcajadas con el chiste final con el que terminaba las historia, otra ronda de cervezas corrió por las mesas del cuervo sin pico, otras historias se escucharon y Olar se escurrió fuera de la taberna en busca de nuevas aventuras en la ciudad de las puertas. Pero antes de alejarse del todo de la taberna echó un último vistazo hacia atrás, recordando la risa franca de Glorfinloco. ¿Cuantos elfos habría en los planos con historias tan curiosas, con destinos tan peculiares? Haria falta toda una vida de elfo para recopilar todas esas historias y definir así como son en realidad los elfos, renegar de esos falsos estereotipos que tenían los demás de ellos… Así fue como Olar decidió romper con la larga tradición de magos en su familia para hacerse trovador, bardo e historiador… pero eso, como se suele decir, es otra historia.

Glorfinloco

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