Evisceracion Cull'Dren

Elfo Drow Explorador/Guerrero/Mago/Arquero Arcano/Tirador de la Espesura

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Bio:

CASTIGO:

Se oyó otro alarido más. Provenía de la sala de torturas, al igual que todas las anteriores, que con éste completaban la docena si Ivennor no había perdido la cuenta, cosa que veía harto difícil, pues todos y cada uno hicieron que se estremeciera con una sensación mezcla de repulsión y miedo, que tanto divertía a la elfa drow y tanto gozo le suscitaba.

-¿Se sabe qué estupidez ha cometido ésta vez? – preguntó Ediptu, un corpulento elfo oscuro que se había unido recientemente al pasatiempos de aquella mañana.

-Lo mismo de siempre, el condenado idiota ha vuelto a tocar la Laceradora.-Le respondió la elfa. Los cinco aprendices de rastreador reunidos en la cámara de instrucción comenzaron a proferir crueles risotadas al oír ésto. Por encima de sus burlas se escuchó otro grito, ésta vez más intenso. “Trece” contó Ivennor.

La Laceradora, se trataba de la espada del maestro de exploradores llamado Darecai. Era éste un sable de grandes dimensiones, tan bello como poderoso, de enorme tamaño y delicado a la vez, que todos anhelaban, si bien muy pocos eran capaces de atreverse a tocarlo y vivir para contarlo. De hecho, con el nuevo aprendiz sumaban uno en ésta corta lista. El maestro debía guardar un siniestro aprecio al nuevo alumno. Aquélla mañana, se encerró por cuarta vez con el joven drow en la sala de torturas, que estaba curiosamente conectada a la de instrucciones mediante una puerta de madera y unas paredes muy finas, que permitían escucharlo todo desde ésta última a quien así lo deseara.

Oyeron un último grito, más estremecedor y largo que los anteriores. Al cabo de unos segundos se abrió la puerta para dejar pasar a Darecai, que sotenía un trozo de carne negra en alto con la mano izquierda, en la derecha portaba su espada, manchada ahora de sangre caliente.

-Si alguno de vosotros, tristes drows de dudoso futuro, osa coger mi Laceradora, la Laceradora tomará algo de vosotros.

Para completar la terrorífica amenaza, lanzó la tira de piel sobre su cabeza, hacia el techo, donde se hallaba apostada su araña gigante que, con un ruido que los presentes solo pudieron comparar al de una boca sin labios tratando inútilmente de sorber una cantidad exagerada de babas, alcanzó el aperitivo al vuelo y se lo comió casi sin masticar.

Tras unos minutos apareció el nuevo alumno, apenas capaz de mantenerse en pie, y se hubiese derrumbado de no ser porque apoyó todo su cuerpo en el marco de la puerta. Tenía las telas del torso resquebrajadas, y dejaban ver una cantidad mortal de cortes en él, por los cuales se podría decir que no habían sido clementes con el muchacho, sino que había logrado sobrevivir. También le caían espesos chorretones de sangre del lado izquierdo de su cabeza en donde, debajo de la melena blanca ahora mojada, veíase que a su oreja le faltaba un trozo en la parte de arriba.

Dirigió una retadora mirada a los presentes, de los cuales casi ninguno le pudo sostener. “Tiene ojos de serpiente el maldito” pensó Ediptu. Ivennor, la única que no agachó la cabeza, no la dejó sin respuesta.

-Evisceración, eres en verdad el drow más necio que he tenido la desgracia de conocer. Llegará un día en que el maestro se decidirá a darte entero como alimento a su araña.

El apelado tuvo que esforzarse para articular una sonrisa, y más aún para responder con un débil susurro apenas audible.

-Ése día solo uno de los dos sobrevivirá, y ése será un buen día.

VENGANZA:

Las tres horas de persecución habían dado su fruto, por fin ésa maldita bestia acabo por revelarle dónde se encontraba su nido. Aquello olía a muerte, a muerte agónica, llena de desesperación. Evisceración trató de imaginar por un instante cómo debía resultar la sensación de ser devorado por una araña de casi su mismo tamaño. En su mente se vió atrapado en la trampa mortal, tratando inútilmente de zafarse, incapaz de realizar apenas ningún movimiento, mientras la alimaña se decidía por comenzar a devorar el aperitivo incándole sus colmillos del tamaño de dagas en el estómago. Quizás se decantara por apresarle, envuelto en una compacta bola de telaraña, para saciar su hambre mas tarde junto con otras presas. El pensamiento era tan lúgubre que incluso se excitó un poco.

No ocurriría.

Mataría a la araña gigante de su odioso instructor, esperando calmar así sus ansias de venganza. Evisceración tenía que admitir que la idea de darle de comer un trozo de su oreja a la araña fue una idea ingeniosa por parte de Darecai. Una idea ingeniosa que no quedaría impune. Tal vez se hiciera un par de bonitos puñales con los colmillos del monstruo, o puede que un collar con sus ojos. Se le ocurrió que quizás estuviera vendiendo la piel del oso antes de cazarlo, o como rezaba el dicho drow; orinandose en las barbas del enano antes de despacharlo. Sin más dilaciones, buscó una roca alta que le proporcionara una situación ventajosa, y moviéndose raudo y silencioso con sus piernas bien entrenadas, se posicionó sobre ella, sacó una de sus flechas recientemente envenenadas del carcaj, y la situó en el arco para disponerse a tensar la cuerda con todas sus fuerzas para que su disparo, además de resultar certero, atravesara la dura piel del ser inmundo.

La flecha salió rápida como una centella, imperceptible para el ojo humano, y dio en el blanco, clavándose en la cabeza del animal.

Evis ya había comenzado a festejar la victoria cuando la bestia, lejos de resignarse a morir, empezó a mover sus ocho enormes patas para echársele encima en cuestión de segundos. A la presa apenas le dio tiempo de efectuar un par de torpes disparos más antes de llegar al cuerpo a cuerpo y verse obligado a defenderse con la vieja y muy usada espada de grandes proporciones que llevaba atada a la espalda.

El monstruo jugaba con su víctima, esquivando con facilidad cada corte que el elfo trataba de llevar a cabo, hasta que, resbalando éste con el charco de babas de araña que se acumuló bajo sus pies, cayó con el sable por delante con tanta suerte que le consiguió hacer un corte profundo en una de sus ocho extremidades. Esto enfureció aún más al ser, que le rodeó con sus patas en el suelo y abrió su boca con intención de comerle la cabeza de un bocado. Sin embargo, entre los imponentes colmillos de la alimaña, el drow vió aparecer de pronto la punta de un filo de adamantita, que casi penetró también en su cara. Raudo, se arrastró con más prisa que decencia para salir de debajo del monstruo antes de que éste cayera sobre él. Una vez recuperado del susto, levantó la mirada y vió a su salvadora postrada sobre la araña gigante, con su espada manchada de una sangre verdusca, indudablemente del monstruo que acababa de abatir. Se trataba de Ivennor. A Evis le esultó una imagen espectacular

Unos días más tarde, Darecai jugueteaba con los ojos de su araña muerta, pasándoselos por entre los dedos. Su mirada melancólica delataba que no estaba viendo la pared que tenía delante, que de hecho, no miraba nada terrenal. Bajo sus ojos se reflejaba una tímida sonrisa maliciosa. Quien hubiese hecho aquello merecía ser admirado, había demostrado tener arrojos. Por desgracia, resultaba muy obvio de quién se trataba, tanto para él como para los demás, y por lo tanto debía tomar represalias, por orgulloso que se sintiera de él, no podía permitirse el lujo de mostrarse débil. Una voz grave le sacó de sus cavilaciones.

-Me ha mandado llamar, maestro.

Era la voz de Ediptu, su alumno grandullón.

-Así es, tengo un trabajo para ti.

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